El cuerpo electoral está llamado a las urnas. Dos fechas que van a configurar un nuevo escenario político en muchos ayuntamientos, Comunidades Autónomas en las Cortes Generales y en Europa. Un escenario multinivel que pone en valor esa nueva gobernanza del siglo XXI, con la cuarta revolución industrial ya en marcha. Y en medio, una fórmula electoral que determina el reparto de los votos en escaños.

Cuestionada por muchos, la Ley D’Hont, sistema de cálculo electoral de finales del XIX, es sin duda uno de los más proporcionales que se han inventado. Su aplicación en España ha generado mucha controversia, especialmente por aquellos que se sentían perjudicados. Pero este sistema ha proporcionado mayorías absolutas, en lo que se ha determinado como bipartidismo imperfecto, como alianzas y pactos necesarios para generar gobierno, normalmente con los grupos nacionalistas (los realmente beneficiados). Pero también ha permitido un escenario de alta fragmentación como el que estamos viviendo en esta última etapa política, con la irrupción de dos nuevas fuerzas, Ciudadanos y Podemos, a los que ahora se suma VOX.

Un escenario político de alta volatilidad, el temido entorno VICA, que  genera una ansiedad demoscópica sin precedentes. Y ahí se vuelcan todos los esfuerzos para dilucidar esa tendencia, ese viento de cola favorable que optimice tus expectativas electorales. No olvidemos que representatividad y gobernabilidad han formado siempre un binomio no exento de debate. Los que apostamos por sistemas mayoritarios lo tenemos claro. Pero en los sistemas proporcionales, como el nuestro, la gobernabilidad puede verse comprometida en su efectividad en aras de una mayor representatividad.

El mejor ejemplo lo tenemos en los gobiernos de “progreso”. Los pactos multipartitos de los últimos tiempos, que derrocaron a las listas más votadas, han demostrado su ineficacia, lastrados por los continuos equilibrios y luchas de poder de los socios políticos. Ahora, el cuerpo electoral tiene la oportunidad de hacer examen y poner en valor si aquello que le prometieron los que venían a asaltar los cielos en nombre del “pueblo”, arrogándose su representatividad sobre la base de sumas aritméticas, ha sido realmente eficaz y eficiente. Si se han cumplido sus expectativas. Si los “nuevos” gerentes de lo público han descubierto el secreto de Pericles, haciéndonos vivir en una nueva Arcadia.

Estamos en un momento crucial. Quizás en el más decisivo de nuestros últimos cuarenta años de democracia. El juego electoral puede llevarnos a una deriva peligrosa y poner en peligro esa gran arquitectura socio-política que se construyó en la Transición, por mucho que sea denostada por aquellos que incluso se han visto favorecidos por ella.

Las estrategias están en marcha. Sánchez sabe que suma y mucho. La debacle de los neocomunistas de Podemos les hace ganar espacio por la izquierda. El nerviosismo de Ciudadanos está justificado, porque ahora es Sánchez quien les come terreno, por muchas OPAs que lance a su derecha e izquierda. Es lo que tiene ser partido veleta. Pero tampoco VOX, la nueva marca emergente está exenta de problemas. El efecto soufflé que ya vimos en Podemos, ahora en plena descomposición, lo vemos en ellos. El populismo se basa en decir a la gente lo que quiere oír, aunque después no puedas hacer nada de aquello de lo que hicieron bandera. Una cosa es la tertulia de los amigos, otra prometer la luna y otra bien diferente la Realpolitk. La que pone a todos en su sitio. Y en medio de todo ello, un sistema electoral que visto lo visto por las agencias demoscópicas, va a ejercer un efecto endemoniado en los resultados, ya que en el caso de VOX, en principio, menos de la mitad la mitad de sus votos (los expertos aluden a un 47’3%) podrán traducirlos en escaños en el Congreso. El resto favorecerá al PSOE. Así de simple y así de demoledor en el caso del Senado, donde el 100% de su voto podría perderse, permitiendo al Sanchismo, tras la debacle del PSOE, obtener la mayoría absoluta en la Cámara Alta y así poder dar barra libre al nacional-populismo.

Un juego de suma cero, de peligrosas consecuencias para este proyecto común, porque como bien advertía Pablo Casado, “si repartimos los esfuerzos y se rompe en tres el espacio del centro-derecha, acaba ganando Sánchez”. No es política, que también. Son matemáticas.

JUAN VICENTE PÉREZ ARAS