El teatro de los sueños valencianistas está de aniversario. Un campo que ha sufrido múltiples modificaciones, ha soportado guerras y visto los mejores jugadores valencianos sobre su césped

Paco Lloret |

El campo de Mestalla cumple hoy 97 años. No existe otro recinto futbolístico más longevo en primera división. En el fútbol profesional sólo le supera el Molinón de Gijón. Inaugurado el 23 de mayo de 1923 con un partido amistoso entre el Valencia  y el Levante FC- no confundir con el Levante UD- que se saldó con una victoria por la mínima de los locales gracias al solitario gol de Arturo Montesinos “Montes”, el gran artillero valencianista de aquella época.

El Valencia, que se había fundado cuatro años antes, se trasladó del cercano Algirós a esta nueva casa porque entendía que el fútbol, un fenómeno en clara expansión, precisaba de campos en las mejores condiciones posibles para captar a los miles de aficionados que se entusiasmaban cada vez más con este deporte. Sin duda, se trata de un acierto clave porque la entidad creció y recibió un espaldarazo para entrar por derecho propio en el selecto grupo de clubes que habían nacido mucho antes y acumulaban ya una solera de la que carecía el club valencianista y que hubo de ganarse gracias a proyectos tan ambiciosos como este.

La vida de Mestalla es larga e intensa. Desde su inauguración fue creciendo y mejorando sin pausa, incorporó el césped al terreno de juego, albergó partidos de enorme relevancia, desde finales de Copa, tres en diez años, desde 1926 hasta 1936, y un España-Italia en 1925, con visita real incluida. La tribuna inaugurada en 1927 fue otro momento clave en el crecimiento del campo y le proporcionó una distinción superior.

La Guerra Civil dejó su huella. Mestalla quedó en unas pésimas condiciones y hubo de iniciarse una reconstrucción con la ayuda de los militares vencedores en la contienda. La dura posguerra coincidió con una época de esplendor deportivo: los primeros títulos y el despegue de la entidad. Un equipo legendario que empezaba por Eizaguirre y acababa con Gorostiza, la célebre delantera eléctrica y, al final de los años cuarenta, la legendaria pareja Pasieguito-Puchades. Nuevos tiempos, nuevos retos.

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El Gran Mestalla nace por la necesidad, en los años cincuenta, de mirar hacia el futuro. El espectáculo reclama más aforo y mayor comodidad. Aquella ambiciosa operación capitaneada por Luis Casanova que, años después dio nombre al campo, asfixió deportivamente a la entidad pese a la capacidad de convocatoria ejercida por el gran Faas Wilkes con sus malabarismos.  La riada de ocyubre de 1957 fue otro golpe bajo, difícil de encajar, que paró la actividad durante meses, justo cuando las obras de acabado de la ampliación habían concluido. Después llegó la luz, en 1959, nació el Naranja y el Valencia entró en Europa. La vocación nocturna tan arraigada entre la afición generó una costumbre singular.

El campo se modernizó a finales de los 70 con la vista puesta en el Mundial 82.  Un adelantamiento de plazos suicida. Jaque mate. Las deudas generadas por las obras y las promesas incumplidas para el pago por las entidades oficiales abocaron al Valencia a una crisis durísima de la que costó salir. Mestalla había sido cuestionado en algunas ocasiones, incluso el presidente Ros Casares había planteado en los primeros a mitad de los años setenta  un traslado a los actuales terrenos de Paterna con el propósito de levantar un ambicioso complejo deportivo. Pero aquella idea se diluyó. Mestalla se quedó en su emplazamiento, cambió de siglo tras una cuestionable operación de estética que alteró su graderío  y que derivó en un interminable conflicto judicial.

Así hasta nuestros días. Ya no existe la general de pie, ni el reloj del Gol Gran, tampoco el marcador simultáneo Dardo o aquel coqueto marcador ubicado en el ángulo del Gol Xicotet con la grada de las banderas. El fútbol, el Valencia y la sociedad han evolucionado, Mestalla también, pero ahí sigue en su sitio de siempre tras haber albergado el Centenario de la entidad para recordarnos su historia que forma parte de  nuestras vidas.