Finalizado este tiempo electoral en el que hemos depositado nuestros votos en cinco urnas diferentes, la agitación política continua en plena batalla de pactos y componendas para cerrar la formación de gobiernos. Desde los Ayuntamientos a las Diputaciones, las Comunidades Autónomas, el Gobierno de la nación y también en Europa. Un escenario multinivel donde el tsunami sanchista ha hecho buenas las proyecciones demoscópicas y también, un realineamiento de los actores políticos en esta nueva etapa que, en principio, no volverá a convocar al cuerpo electoral en cuatro años.

Un nuevo tiempo que bien se merece alguna reflexión sobre aquellos que abanderaron un cambio de época en la política española. Hace tan solo cuatro años se abría una “ventana de oportunidad” decían muchos. La “nueva política” hacia su entrada sacudiendo la hegemonía del bipartidismo imperfecto que nos había comandando desde la Transición y al que todos daban por amortizado. Podemos por la Izquierda y Ciudadanos por la Derecha convulsionaron el tablero político español con sus aires regeneracionistas y de modernidad. En estos tiempos de lo que ha venido a denominarse la turbopolítica, por la vertiginosa velocidad en la sucesión de acontecimientos determinantes para todos, aquellos inmaculados que venían dando lecciones han quedado en evidencia. Víctimas de sus propios errores, de sus incongruencias y barridos por la contundencia de una realpolitk que va poniendo a cada cual en su sitio.

Cerrados los procesos electorales y pendientes de la escenificación del nuevo mapa de poder, los ciudadanos buscan recuperar el ritmo cotidiano de sus vidas tras el intenso ajetreo político de los últimos meses. Aún así, todavía se verán convulsionados por alguna decisión de las élites políticas que pondrán en jaque ese modelo de convivencia que nos dimos en el 78. Los intereses generales, el bien común y la defensa de valores transversales que han cimentado esa convivencia, ahora son relegados por el tacticismo político y los espurios intereses de ese fenómeno político que ha surgido de las cenizas del otrora todopoderoso PSOE, el “Sanchismo”. Un juego del todo vale, con tal de conseguir y mantener el cetro del poder.

Un tiempo de fractura donde el orden es sustituido por el caos, el equilibrio y la estabilidad por la incertidumbre, donde la gestión del conflicto permanente nos arrastra en el torbellino de una política de intereses marcados por la nueva religión política. Frente a ello solo nos queda rearmar un nuevo lenguaje moral para esa ciudadanía sacudida por los efectos de la turbopolítica. Un rearme moral sustentado en esa virtudes cotidianas que tan bien describió Michael Ignatieff en su libro, donde nos habla de ese nuevo orden moral para un mundo dividido. La tolerancia, el perdón, la confianza y la resiliencia, nuevos anclajes morales para esa reconciliación tan necesitada en nuestras sociedades atormentadas por el vértigo de una mal entendida modernidad.

Los resultados de los distintos procesos han confirmado la inconsistencia de aquellos proyectos sustentados en uno de los males endémicos de la “vieja política”, el cesarismo. Un mal por cierto, que ha buscado a anular esas virtudes cotidianas que empoderan a la mayoría de la gente de nuestras cada vez más complejas sociedades. Del asalto a los cielos, rompiendo todos los consensos constitucionales, al tan esperado sorpasso a derecha e izquierda, solo queda eso, el nombre. Podemitas y naranjas todavía van a verse sometidos a los efectos de sus decisiones en esta política de pactos. Decisiones que pueden acelerar su hundimiento y/o fagocitación por los malvados gestores de la “vieja política”. Piezas de un tablero donde el juego de la política está definiendo un nuevo escenario. Del multipartidista que hemos vivido en los últimos tiempos con cinco actores en liza en ese escenario de volatilidad y fragmentación, al tradicional juego de negras y blancas que parece quiere decir adiós a la “nueva política”. Una revolución a lomos de un bipartidismo resiliente, alejada de nuevos aforismos y más centrada en las personas.

Juan Vicente Pérez Aras