Avanzamos en esta nueva semana después de vivir con intensidad unos días repletos de noticias relacionadas con las gestas estudiantiles de nuestros bien remunerados políticos.

El papel es muy sufrido, lo mismo sirve para limpiar que para ensuciar, pero jamás una mentira se consideró elegante, ni un embuste debe ser tomado en serio. A la hora de gobernar ¿qué más nos da una titulación arriba o abajo? La buena o mala gestión y la honradez es lo que nos debe importar; el buen hacer y la rendición de cuentas es lo que ha de imperar.

Mentimos con tanta elegancia, que la verdad parece que se convierta en mentira y, lo que es peor, nos acostumbramos con tanta facilidad a estas cosas de la mano de la falsedad, que la mentira  creemos que se hace verdad, y no hay mentira más gorda que una verdad a medias, alimentada por la velocidad con que la expandimos.

Es preocupante las formas, porque los hechos en sí, son graves, pero lo peor es el significado. Lo peor es el engaño, lo triste es la ocurrencia de hacer ver que tienes en tu mano algo que jamás fue tuyo. Un título es un título, sea de lo que sea, y a quien se le otorga debe ser por méritos propios, es el premio a la investigación, estudio y preparación continuada, no está bien marear a la sociedad fingiendo tener diplomas que jamás nos pertenecieron porque resultaron ser una ambición, o como estamos viendo en este caso “ambiciones” de muchos políticos.

Horacio, en su epístola a los pisones en el año 390 decía: “Nescit vox missa revertit” y su traducción nos viene a decir que “La palabra dicha no puede retroceder”. Hoy, muchos años después, hemos caído en el error de que la palabra dicha tiene poco valor, y la escrita ha retrocedido: muchos historiales de estudios han desparecido de los portales ejemplares y de las redes, se han producido algunas dimisiones provocadas por la causa efecto, o por el efecto de la causa.

Siglo XXI, abril de 2018, a un año vista de elecciones, corrupción a la vista, corruptelas de diseño, casos prescritos, las redes ardiendo de mensajes acusadores, la sociedad cansada y pasando de casi todo…  y una pregunta lanzada a los vientos ¿en que acabará este mundo de mentira?

Es difícil saber el final de esta historia, es complejo vaticinar el futuro, pero más duro es ver el presente cargado de tanta mentira, sembrado por tanto insulto, ocultando tanta verdad y esperando que llegue esa soñada regeneración que la ves resquebrajada desde el momento de su gestación, a causa de esa apetencia por ocupar sillas y sillones que adornan los historiales académicos de aquellos que engañan, para ostentar cargos que solo el pueblo merece otorgar con su confianza a aquellos que saben y pueden gestionar con HONRADEZ E INTEGRIDAD, la “cosa pública”.

Ya lo dijo Terencio (Andria, 4,1,12) “Omnes sibi malle mcllius esse quam alleri”:  Esta es la naturaleza humana «que cada individuo procure para sí» más bien que para los demás.

La caridad bien entendida empieza por uno mismo.

José S. Murgui