Acabo de ver el tráiler de una película que se ha rodado recordando el triste, indigno y triple crimen de Alcàsser, ocurrido en los finales de 1992 y primeros de 1993, algo que taladró el corazón de la ciudadanía que permaneció expectante ante aquel momento traspasado de dolor.

No hay palabras, no hay sentimiento, no hay bastante desazón para recordar la crueldad vivida, las familias destrozadas, el corazón abatido y la mente compungida que vivió tristes días, al saber el desenlace.

La sociedad, el mundo, Valencia, España, clama defendiendo la libertad, desprecia la violencia, lucha para erradicarla. Tenemos ejemplos muy claros y de hace pocos días, pues se ha enfrentado una o varias sentencias contra esa dignidad exigida, justa y radical, que es necesaria para vivir en una sociedad en paz, y no digo pacífica ni pacifista, por no mezclarla con tintes de beatitud o de resignación.

Hay que vivir en paz con uno mismo y con el mundo. El respeto es la norma de convivencia, y la justicia es la base de ese respeto. Hoy XXV años después de ese crimen, ¿es preciso entrar en detalles tan profundos para recordar lo ocurrido y el final tan trágico?

Lo “malo”, lo “tóxico” lo que envenena una sociedad, debe ser apartado, jamás olvidado, porque hay cosas que siempre se llevan en la memoria; pero creo que tampoco debe ser “escenificado” con tantos tintes de crueldad, que verlos sirva de clase magistral para dar ideas de cómo actuar de nuevo.

Por DIGNIDAD, respeto a esas jóvenes de Alcàsser, porque jamás vuelvan a ocurrir hechos de ese calado, porque creemos en un mundo mejor, porque hay cosas que no tienen calificativo, pienso modestamente que debemos sensibilizarnos y ser coherentes con esa buena persona que llevamos dentro. Ser sensibles con las destrozadas familias, hacer presentes esas miserias amargas que se desprenden de esos duros momentos y en silencio sentirlas como nuestras… ¿Qué nos parecería si eso que vamos a ver en el cine le hubiera pasado a una de nuestras hijas?

En verdad ese sentimiento de impotencia, abrazaría el derecho natural de nuestra dignidad, siempre indigna de airear secretos tan profundos, que nunca deben recrearse ni para deleite de unos, vergüenza de otros, o ignominia de muchos. La muerte no tiene precio. El derecho a la vida es de cada uno de los concebidos, y una sociedad reivindicativa de cualquier abuso, jamás debe permanecer en silencio ante un dolor tan acerbo que taladra el corazón de una madre y acaba con la vida de una hija… en este caso de tres madres y tres hijas.

Dolor, impotencia, rabia, malos sentimientos cruzados por aquellos hechos pasados…  no he visto la película, no sé el hilo conductor, solo vi unas escenas cortas, intensas, dolorosas…  solo vi que la dignidad de unas personas fue mancillada por razones que quedaron suspendidas en el aire, por suspiros entrecortados en la noche de duro invierno, por voces acalladas en roja sangre derramada.

La película es la DIGNIDAD, de ellas, de las que jamás hablaran; de mi dignidad, por callar o silenciar… de la de todos porque reivindicamos lo de hoy, nos olvidamos del ayer… y no pensamos en el mañana, ese mañana que se puede repetir. Deseo de verdad que jamás ocurra ese mañana para nadie, y que los vientos de primavera trunquen esas voces amargas de silencio, por voces de esperanza en un futuro próximo que lleve por nombre DIGNIDAD, y que su apellido, que no sea una película, que sea una REALIDAD.

Feliz jueves.

José S. Murgui